Curioso fenómeno el del coleccionista. A menudo, a la vez intrigante y perturbador. Mlle Robert es una joven devota y, si hay que fiarse de la buena opinión del padre, conserje de la excelentísima casa en que nos quedamos hace algo más de un año, tiene en ello un gran talento: “Sin duda, su futuro está asegurado—nos decía—; ha de heredar la tienda de rarezas que el tío mantiene en Montmarte”.

Yo no soy muy conocedor del tema; de hecho, mi familiaridad con la cuestión es… puramente ornamental. Incluso los varios cientos de libros viejos en mi haber no me vuelven, tristemente, más que un lector ávido con mariposas en los bolsillos. Mlle Robert es una verdadera coleccionista de cachivaches. “El arte del coleccionista—me explicaba, en un francés que apenas comenzaba yo a descifrar—es uno que se remonta a lo más primitivo del hombre. En la antigüedad había solo dos tipos: el cazador y el recolector. Mi hipótesis inscribe al artista de la colección como un lejano descendiente del cavernario recolector. ¿Lo ve usted?” Porque algo de sentido tiene, le seguía la corriente y me mostraba interesado, a sabiendas de que frecuentemente un coleccionista es, si cabe, más un descendiente de la rata cambalachera que otra cosa.

Mi interés, aunque falso, le sirvió a ella de gancho, y Mlle Robert promete invitarme algún día al negocio del tío y mostrarme su fabulosa colección, “la más grande de su clase en todo París”, añadió.

De esto hace casi un año. Había ya olvidado a Mlle Robert y a su singular propuesta. Pero hace algunos días recibí una llamada de la joven coleccionista: el tío había tristemente fallecido; sin embargo, a raíz de ello, Mlle Robert era ahora la alegre encargada del emporio, como lo había predicho el padre, y hoy sería la espectacular réouverture. “Será un evento singular, lo prometo, ¡y recuerdo que usted estaba muy interesado! Significaría mucho para mí que viniera… su opinión… etc. etc.” No puedo negarme a estas cosas. Soy un caso perdido.

Subí la media cuesta de una calle exageradamente empinada y, acezando y con el corazón atorado en la lengua, llegué a una vidriera que inmediatamente se hizo conocer como el lugar indicado. Una luz azul intensa delineaba el contorno una escena propia de un bodegón holandés. El esqueleto de un roedor de buen tamaño montado sobre un pájaro disecado, la cabeza de una codorniz sobre el cuerpo de un osito de peluche sentado a las cartas, una muñeca ofreciendo al transeúnte curioso su cabeza, pequeños lagartos boquiabiertos y con sombreros, tarros de cosas con ojos y flotantes, una mangosta blanca de aspecto feroz desplegando en su lomo las alas de una paloma, una rata que se arranca el pecho peludo para descubrir su uniforme de Superman debajo, la gran S sobresaliendo orgullosa, y un buen puñado de gente muy peculiar tomando vino al interior.

De inmediato salió Mlle Robert a moverme hacia adentro y me preguntó que qué me parecía su nuevo negocio. Era algo… peculiar, repetí, peculiar, sin duda alguna. Y me preguntaba si todo esto era de su propia colección.

“¡No, no! No tengo la suerte de haber alcanzado una colección tan magnífica. La mía es menos ambiciosa. Esta es la colección que me dejó mi tío. Es magnífica, ¿no es cierto?”

Estaba intentando hacerme cargo de todo lo que miraba, buscando objetos de posibles comentarios inocuos, y creo que asentí y ella, sin duda tomando mi desconcierto por desánimo ante la perspectiva de no hacerme con alguno de los tesoros en exhibición, de inmediato añadió con urgencia: “¡Y está todo a la venta! Si algo le llama especialmente la atención, pues, me dice y es suyo.”

Le agradecí menos la oferta que la copa de vino que me extendió y que con entusiasmo acepté.

“Como le decía: mi colección personal nunca sale de casa. Yo colecciono sobre todo fuentes para carnes, con motivos campestres. Panoramas. Animales de granja. Cerdos, gansos, patos. Cabras. Conejos y liebres. Gallos. Gallinas no tanto, salvo que estén empollando o rodeadas de sus polluelos. Zorros, de vez en cuando. Ese tipo de cosas. Pero mi preferencia son las ranas. Y seguro me preguntará cuál es mi favorita: pues se sorprenderá cuando le diga que no es una con motivo de ranas, sino que se trata de una fuente preciosa, finamente lobulada, con un par de faisanes, hembra y macho, él, verde y dorado, avanza con porte erguido, ella, moteada en marrón, descansa sobre una franja de hierba suave. Ya ve que son demasiado delicadas para andarlas moviendo. Y no podría ni pensar en venderlas. Son de porcelana japonesa, la mayoría.”

Le dije que comprendía y en breve me llevó a presentarme a sus amigos. Les dijo que me intrigaba el coleccionismo.

“Ah, ¿que quiere usted volverse coleccionista?” dijo uno de ellos, un hombre muy bajo y con un moño púrpura que le reventaba del cuello, y antes de que pudiera yo comenzar: “Si ha de coleccionar objetos—continuó él—, hágalo de la siguiente manera. Encuentre lo más insignificante, aquello que nadie más que usted, nunca, comprendería por dónde le ve tanta consecuencia, y comience por ahí. Tome esa primera piedra, la que otro no se molestaría en tomar. Deberá dar con un ejemplar maravilloso, no me malinterprete; cualquier otra cosa es sencillamente una pérdida de tiempo, ¡no deje que le digan lo contrario! Hay veces que se está toda la vida buscando el primer objeto de una buena colección. Todo coleccionista serio se lo dirá así. Y si no se lo dicen así, pues es porque lo quieren llevar por un camino que no es. Porque sin ese primero, esa suerte de declaración, ¡heme aquí!, la colección no será sino irremediablemente tediosa y, al fin de cuentas, un fiasco. No me malinterprete, toda colección tiene su mérito pero no todo el que colecciona es un coleccionista, ¿ve? Pero sepa que si ha de ser un coleccionista serio está destinado a que nadie lo comprenda. Un coleccionista cuya colección es generalmente juzgada loable no es más que un oportunista y un fanfarrón en busca de reconocimiento. No me malinterprete, nunca está de más tener amigos, claramente, pero el verdadero coleccionista es marginado por la sociedad. A menudo, sufre el repudio y la burla. Solo en coloquio con sus hermanos coleccionistas se sentirá en familia. Y solo hundiéndose en lo más profundo de su colección se sentirá realizado. De esta manera, usted podrá coleccionar piedritas, podrá coleccionar bolas de chicle, bandas elásticas, muñecos de Mickey Mouse, lo que pueda imaginarse, pero sea lo que fuera, usted sabrá que en su labor hay excelencia, sublime propósito, en reunir para, luego, cuando su colección esté culminada, abandonar este mundo y dejarlo todo atrás. Esta será su mejor venganza hacia aquellos que lo miraron mal.”

Más tarde en la velada, Mlle Robert me intimó que el señor del corbatín que, muy gentilmente, me estaba ayudando a comenzar mi propia colección era un crítico importante del medio. Le pregunté si los coleccionistas necesitaban también críticos y me dijo que desde luego, que era importante para separar a los serios coleccionistas de los diletantes.

Comenzaba a temer que mi ingreso en la logia de las colecciones sería necesariamente abreviado por mi rauda partida. Por más que mis propias manías sean mejor soportadas solo, decidí que la vida del coleccionista debe ser de una soledad insoportable. Casi de inmediato, como leyendo mi pensamiento, Mlle Robert dejó escapar un largo suspiro y miro todo a nuestro alrededor, a las personas congregadas, sus peculiares y adorables amigos, los pájaros embalsamados y las muñecas bicéfalas y los tarros con embriones de pollo y, desde luego, la rata Superman, y dijo: “Esto se constituirá en su único amor… Olvídese de todo lo demás.”

Decidí celebrar mi auténtica falta de intenciones de convertirme en un coleccionista coleccionando un poco más de vino y paseando entre los anaqueles coleccionando las historias que estas personas tenían para ofrecerme. Al fin, recordé que yo también tenía una historia genial que contar y me acerqué al costado del crítico del moño explosivo para que me pudiera oír bien y les dije: Saben, yo sé de una señora que coleccionaba algo singular. Estoy seguro de que incluso a ustedes los sorprenderá, como a mí.

Fue hace más de diez años. Un lutier peruano acababa de completar una guitarra que yo le había encargado me construyera y decidió presentármela en una velada en su hogar y en compañía de algunos guitarristas de renombre. Comimos bien y tomamos bien y guitarreamos excelentemente bien, hablando de nuestros instrumentos y de las mejores cuerdas y de las maneras más convenientes de pulirse las uñas. En fin, intercambiamos anécdotas. Para clausurar la noche, el lutier pidió que nos preparemos para oír la más excepcional. Y con mucha ceremonia, comenzó:

“Hace algunos años, una señora mayor me encargó una guitarra. Dijo que no le confiaría el encargo a ningún otro y que le era extremadamente importante que yo le avisara antes de barnizarla. Es normal que el guitarrista quiera formar parte del proceso de creación de su instrumento. Tú mismo—se dirigió a mí—, tú mismo has venido muy a menudo a mi taller para ver el desarrollo de tu guitarra. De modo que no tenía yo por qué sospechar nada. Pues, unos meses después la llamé:

” ‘Señora, su guitarra ya está ensamblada y sin barniz, puede pasar a verla mañana, si desea.’

” La señora llegó al día siguiente, vio la guitarra y le pareció maravillosa. Me dijo que era exactamente como esperaba que fuera y enseguida sacó de su bolso un fajo de billetes para pagarme.

” ‘Señora—le dije—, no es necesario que me pague ahora. Aún faltan las quince capas de barniz, y eso tomará buena parte de dos meses. Me puede cancelar el monto restante cuando le entregue la guitarra terminada.’

” ‘No, señor. La guitarra me la llevo como está.’

” ‘Pero ¿cómo?’

” ‘Como bien sabe usted—me dice ella—, no hay mejor instrumento de resonancia que el oído humano. Su artesanía como lutier es espléndida y nadie maneja mejor la madera, pero eso del barniz no me lo creo. Dios es el máximo lutier y si Él ha creado el mejor instrumento de resonancia usando cera, entonces, cera de oído usaré yo, y no barniz.’

” No podía creer lo que estaba oyendo. Sin duda me estaba tomando el pelo. Pero me aseguró que no.

” ‘Durante diez años he estado juntando la cera de los oídos de mis sobrinos; debo tener ya bastante para cubrir mi guitarra con ella. ¡Le aseguro que nunca habrá oído sonido más exquisito!’ ”

Solté un buen par de carcajadas al concluir. Pero no escuché la respuesta de otras a mí alrededor. Abrí los ojos y me di cuenta de que todo mi público me miraba desaprobatoriamente.

Bueno, tal vez no es la mejor anécdota, me dije a mí mismo, pero me parece que es bastante divertida. ¿Qué saben estos mongos?

Los amigos de Mlle Robert ahora miraban todos al crítico que estaba parado a mi costado y, entonces, lo miré yo también y este me miró a través de la punta de su nariz y dijo:

“Eso no es coleccionismo, mi amigo. Eso es claramente locura.”

París, enero de 2015

(Originalmente publicado en Buendiario)

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