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Art of the Celestial Traveler
Toro Montalvo, César. Prologue: “Arte del viajero celeste.” Las aguas tintas. By Alessandro Pucci. 2003. Lima: Fondo Editorial UIGV, 2007. 9-17. Print.

Paul Valéry, cuando era accesible al tema de la belleza, solía tener esta premisa: «Unos tienen ingenio para hacer cosas bellas, otros para dar a entender que las cosas que hacen son bellas. Son dos ingenios diversos, pero ambos eficaces». Si las cosas que reflejan resultan bellas, por obra de ser, esas cosas existen porque las volvemos a descubrir. Saint John-Perse de otro modo un tanto amplía el círculo de la definición: «Toda creación del espíritu, es ante todo poética». Lo que se puede deducir. Todo lo que es poético puede anunciar diversas categorías de la belleza.

El deseo de viajar siempre nos anuncia algo. A Hördelin le sucedió: «Cuando yo era muchacho solía un dios salvarme del bullicio». Obviamente, estas marchas de la travesía nos iniciarán al descubrimiento tal vez de algo hermoso, supuestamente ya eran deslumbrantes desde que se iniciaron. Esto, desde luego, le ha sucedido a Alessandro Pucci al escribir Las aguas tintas.

Nos encontramos ante un libro asombroso de poesía. Por su madurez, cada poema suyo es una delicia original de aprehensión poética. Por donde se le aprecie, Las aguas tintas es un libro de la vislumbre superior. Hace tiempo no prologaba un libro de poemas de estas magnitudes. Suerte la mía.

La magia lírica de Alessandro Pucci está en el lirismo barroco de sus desinencias. Existe en su bordaje poético un arte del viajero celeste. Cristalino, iluminador, reticente, y hasta de un denuedo transparente, que acaba por mostrarnos que por el uso de la alquimia verbal, un mundo se inventa cada vez sin dejar de ser reales, gracias a las vivencias heredadas. Pucci ha logrado mostrar viñetas de varias naturalezas, sobre todo marinas y románticas, demostrando un claro predominio lírico que endulza la lectura de sus versos.

Todo lo que resulta tan hermoso nos devuelve a su origen, desde el mar que ilustra el arte de ser hacedor, conmovido y galante, secreto y transparente. Esa gracia de decirlo, además está embellecida por la policromía de sus invenciones y aciertos. Alessandro Pucci amerita la dinastía de pertenecer a los poetas orfebres. La matemática de su poética parte de su yo sensible e iluminador, y desde ese centro, la invención poética anuncia una fabulación cristalina que recuerda el sueño real de un viajero melancólico, y siempre exacto.

Vicente Huidobro solía decir: «Que el verso sea como una llave / que abra mil puertas». De eso se trata, Alessandro Pucci nos ha demostrado poseer en este libro ese sortilegio. Si el camino lo ha elegido, es obra del duende divino, por travieso y sabedor. Toda una vida, para muchos, nos ha tocado elegir caminos. El poeta supuestamente abre mil puertas para elegir su destino, el único que ha de quedarle. Tal vez una calle sepa de esa elección. Grietas han quedado para demostrarlo. Pucci lo explica con docencia en su poema «El camino». Hay un advenimiento que se cumplirá. Aunque ese destino descubra la presencia de la madurez, como estos versos que siguen:

El camino que me elija esta noche
será una vieja alameda como un río;
yo sigo siendo el niño que soy,
estrenando zapatos del hombre que seré.
(«El camino»)

En otro texto: «Lecciones de baile», Pucci nos habla de un paradero limeño, los Desamparados. Discurre en su ámbito otoñal, entre bares, salones de juego, la vieja quinta, el claustro de los descalzos, y frente a la catedral. Pucci concluye ante el silencio y la melancolía, en un poema de larga pausa que acaso el poeta sonríe agridulce, y acaba desde un trazo del hábitat por descubrir la intensidad permanente: «No quiero tantas estrellas en mi habitación / para mí, no quiero la eternidad estanca».

Francis Bacon nos anunciaba que: «Las riquezas no son para gastarlas». Claro que muy pocos son los que pueden participar de esta premisa. Pero el poeta, dueño de riquezas, por muy avaro que sea a veces destina actitudes generosas de desprendimiento. Alessandro Pucci, particularmente, en un arrebato de trastocamiento ha elegido ser dueño de la riqueza cósmica nocturnal. En el siguiente poema se anuncia multiplicador y solidario, pero más aún se elige para presenciar herencias, como las que leemos:

Soy la noche cuando
ésta sale a
ver las
estrellas.
(«Soy la noche»)

La presencia de habitar en la persona amada, conoce el misterio de sus rutas. Pero más aún conoce el secreto de sus conversiones femeninas. De ese enjambre de la dinastía, en pedrerías de ámbito barroco, Pucci adviene esa convivencia que sugiere en los siguientes versos. Esa «caminante», igual que su destino, puede advertir el asombro de su conversión renacentista y ancestral:

Yo vivía antes en ti como ahora tú habitas mis sueños.
Querida caminante: hallarás un camino
entre grutas y sendas, hallarás un destino.
Fondeadero de diosas de piedra,
campos sembrados altos de pinos
y sangre de reinas, sangre de vino.
(«Idilio Fulgor»)

En otro poema, «Introspección», la claridad celestial asoma con dubitación, que acaso refleja la pureza de su destino, como algo que alcanza una herencia concedida. El poeta se anuncia para ser un demiurgo reticente, y envolvente en luz precisa: «En mi / alma / soy / un cielo / azul».

De herencia hispánica, «Andares», es un autorretrato lírico sublimante. En un nocturno marino, describe un panorama del sur donde se puede soñar, envuelto entre la levedad y el vuelo, en moriencia, de olas rugidas y aves, como andares de lirismo:

Yo muero esta noche pintada de hierro,
en la esquina del mar,
donde un alma, una nube y un ave
levanten sus oídos al rugir de las olas
y fijen su mirada al sur
donde el sol se acuesta y puede soñar.
(«Andares»)

En otro momento de su discurso, Alessandro Pucci presenta la idea de la muerte como forma sepulta y plateada. En versos adelgazados, su poética de la extinción sabe de la intensidad elegible. Lo dice y padece, la muerte, es ese personaje que acaba en «chispazo» y en «uno». Cada espacio de la extinción en uno, se tornará «féretro de vapor» o «ruginosa sepultura». Aunque no se crea, el poeta se torna sonriente ante la presencia de la muerte, pero también es un ser en soledad, en soledad de uno:

Me voy a morir solo y desolado
(valga la redundancia)
porque aquella,
la Muerte, quiero decir,
es asunto de uno
y sólo
uno.
(«Divertimento a la Muerte»)

Y como las pinceladas, en grietas de grabado, el poeta prefija el viaje marino o el tránsito de transcurrir en esas aguas diversas, y experimentadas, de cromáticas travesías, que trae enseres cotidianos, y particulares anécdotas: «Estas son las aguas tintas; / colecciones de vidas pequeñas y encendidas, / canicas en un bolso de cuero pardo».

Un ejemplo paradigmático de Las aguas tintas, son estos versos de suntuosidad barroca, que algo nos recuerda a Jorge Eduardo Eielson, sobre todo Reinos y Doble diamante. Pucci ofrece temporadas en esencias y presencias. Otoñal y dorada, de estiajes y heladas, de huertos y mares; son acaso recuerdos de moradas donde todo aconteció. Así se expresa, en epítetos y símiles brillantes y anunciadores:

Trigos dorados, las redondas ofrendas de almendra y las rosas arqueadas.
Algún día poblaron estos recuerdos nacidos de mi capital herida.
También vivieron en mis manos los impacientes estíos, las desiertas heladas,
los campos surcados de cultivo, las viñas, los puertos de miradas perdidas.
(«La última temporada»)

Creo que algo de Pablo Neruda ha guiado el destino poético de Alessandro Pucci. Ya sean por sus odas y elegías, o por la diversidad amatoria que suscribe sus versos; asoman desde la maestría de Los versos del capitán, o, Veinte poemas de amor... El mismo Pucci le agradece con fervor: «Fuiste mi maestro». El mar, tal vez el mar de Neruda, o el espacio marino de nuestro autor, describe la firmeza de confesarle con balbuceo, el destinatario de su ruta:

De repente alguna anónima noche
me asomé por la ventana de mi cuarto.
El firmamento brillaba con una estrella.
La primera del comienzo de mi
vida.
(...)
Fuiste mi maestro. Yo no te conocía.
Pero bajo mis manos
eras mi amparador, amigo, hermano.
(«Estrella del sur»)

Un bello poema amoroso que sigue, «Pandora», recuerda al poeta chileno. Pucci acaso dispone de otra sazón, el mar que la destina en la amada veraniega, en vuelo y en secreto, en ese ser que se ama. Se autodescribe para anunciarla, aunque lo envuelva la melancolía:

Ella que me amó demasiado y no tanto.
Ella que se fue entre líneas, que debió irse.
Aún comprendo su aroma y sus ojos tan tristes
que meciéronse con los bosques en el verano.
(...)
Sucede que un día me quiso y yo a ella.
Alazán su mirada, una voz en su pecho
llamaba, verde los ojos, al mar en secreto.
(«Pandora»)

El poeta es un ser alado, a veces. Por ser alado, viaja solitario, aunque recuerde parajes, sobre todo marinos. El mar supuestamente es una de las constantes temáticas en Las aguas tintas (ya el título lo alude). Por eso Pucci se rinde ante el elemento, entre estrellas donde se reflejan. Pero en los versos que siguen, Pucci se da la importancia debida: ser viento. O desde luego un viajero sureño, un habitante de la independencia de la naturaleza: «Yo soy el viento. / Celeste viajero solitario. / Olvido ya el árbol que me parió; / olvido ya el tiempo, / la estación».

Stephane Mallarmé ha fijado que para estar en un ámbito fuera de un destinatario aniquilante, es necesario, lo dice: «Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu». Alessandro Pucci, de este modo, no es un poeta de la facilidad difícil. Por el contrario, su destino elegido es haber logrado escribir versos deslumbrantes, de pedrerías renacentistas desde una visión contemporánea. Supuestamente, Las aguas tintas, con estos méritos anunciados, en su máximo nivel, lo coloca como la nueva carta de la poesía peruana.

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  • Pucci, Alessandro. Las aguas tintas. 2003. Lima: Fondo Editorial UIGV, 2007. Print.
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